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Los Pantasmas
A principios del siglo XX, cuando Abengibre se iluminaba con candiles, corrían
todo tipo de historias y rumores sobre unas extrañas figuras cuyo raro aspecto y costumbres,
les llevó a ser conocidas como "los Pantasmas".
Los Pantasmas iban a veces encapuchados, otras con largos atuendos que les cubrían de pies a
cabeza, pero ninguna ropa que pudiera ser normal para una persona, salvo las capas, algunos
llevaban capas negras como la tez. Nada se sabía de su procedencia, ni de sus escondites. Pero no
estaban muertos, pues en alguna ocasión alguien había podido llegar a tocarlos y no estaban fríos.
Tampoco eran espectros, apariciones o fantasmas porque eran de carne y hueso. Se sabía que podían
emitir sonidos, pero nadie los oyó hablar. Sólo se les había visto de noche cuando, amparados por
la oscuridad, campeaban a sus anchas por el pueblo. Saltaban las tapias de los patios con una agilidad
sobrenatural, casi de un sólo brinco, y entraban en los corrales, las cuadras, las cocinillas, hasta
en las habitaciones. Se sabía de su presencia en una casa porque los animales, sobre todo las caballerías,
se ponían muy nerviosas cuando estaban cerca.
Al principio sólo desaparecían algunos pequeños objetos de las casas, pero luego se fueron haciendo
más fuertes y comenzaron a llevarse animales, con especial preferencia por las gallinas, y con el
tiempo empezaron a atacar a las mujeres, abusando de ellas. Ninguna recuerda nada de esos
encuentros con los Pantasmas. Se despertaban con algún ruido en la habitación y al incorporarse
les veían allí, junto a ellas y luego... se desmayaban.
Muchos hombres, cansados de estas agresiones y mancillado su honor, les persiguieron durante mucho
tiempo y montaron guardia en los patios. Les vieron, pero nunca lograron atrapar a ninguno.
A mis abuelos del pueblo, Antonia y Jesús, Teresa y Alonso; y a los de Quart de les Valls, Amparo y Vicente, por su sabiduría...
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