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 © Rosa Mª Montero Cebrián
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Juanico y Marijuica

Érase una vez dos hermanitos muy pobres, muy pobres, cuyos padres habían muerto de hambre y como no podían vivir solos, se fueron a casa de sus abuelos. Pero ellos eran quizá más pobres todavía. Los abuelos eran tan mayores que no podían trabajar en el campo y no tenían dinero. La mayoría de los días no tenían nada que llevarse a la boca y pasaban mucha hambre.

Mano Su situación era ya tan desesperada que pensaron cocinar a uno de los niños para poder sobrevivir. Les daba mucha pena la idea, pero no podían hacer otra cosa. No se decidían, cada uno era especial a su manera. Juanico podría ser muy trabajador cuando fuera mayor y Marijuica ayudaba en las tareas de la casa y cuidaba a sus abuelos, así que eligieron a la niña, ella podría cuidarles.

Así que llamaron a Marijuica y la mandaron a hacer mandaos. Cuando la niña volvió la comida estaba preparada, había una gran olla en la lumbre y tanto se sorprendió que levantó la tapa para ver qué pinta tenía, y... ¿qué vio? el dedo índice de Juanico que la llamaba. Se enroscaba y se estiraba, se enroscaba y estiraba. Marijuica estaba muy triste. Sus abuelos habían cocinado a su hermanito.

Ese día Marijuica, aunque sus abuelos insistían y su estómago rugía, no probó ni un bocado de la comida y cuando sus abuelos terminaron de comer ella, como todos los días, recogió la mesa y, cuidadosamente, sin que la vieran, recogió uno por uno todos los huesecicos y los metió en un saquito.

Al terminar de fregar y de limpiar, les dijo a sus abuelos que se iba a jugar y cuando ya estuvo muy lejos de la casa, donde nadie podía verla, enterró los huesecicos de Juanico y le rezó una oración.

Pasó el tiempo y un día en el mercado, la abuela vio un puesto de frutas que tenía unas naranjas que quitaban el hipo. Cuando se acercó vio a Juanico y le dijo: "Juanico, Juanico, ¿me das una naranjica?". Y Juanico le contestó: "A ti no que me guisaste". Esa misma mañana, el abuelo, al volver del campo, pasó por el mercado y se encontró un carro que llevaba unas manzanas rojas y brillantes y al ver que era Juanico le dijo: "Ay Juanico, tengo mucha hambre ¿me das una manzana?" y Juanico le contestó: "A ti no que me comiste".

Pero Marijuica estaba haciendo los madaos y al ver el carro de Juanico lo reconoció enseguida y con los ojos llenos de lágrimas se fue corriendo hacia él y le dijo: "¡Juanico, Juanico!", "¿me das una naranjica?". Y Juanico le contestó: "¡A ti sí que me recogiste!", y le dio todo el carro lleno de frutas frescas y millones de besos.

Y desde entonces, Juanico y Marijuica vivieron felices y contentos y nunca más les faltó y comer. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.


A la Mela y a Marigorda, que tantas cosas me enseñaron cuando no sabían cómo entretenerme.

   
 
 
 
 
 
 
 
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