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Juanico y Marijuica
Érase una vez dos hermanitos muy pobres, muy pobres, cuyos padres habían muerto de
hambre y como no podían vivir solos, se fueron a casa de sus abuelos. Pero
ellos eran quizá más pobres todavía. Los abuelos eran tan mayores que no podían
trabajar en el campo y no tenían dinero. La mayoría de los días no tenían nada
que llevarse a la boca y pasaban mucha hambre.
Su situación era ya tan desesperada que pensaron cocinar a uno de los niños para
poder sobrevivir. Les daba mucha pena la idea, pero no podían hacer otra cosa. No
se decidían, cada uno era especial a su manera. Juanico podría ser muy trabajador
cuando fuera mayor y Marijuica ayudaba en las tareas de la casa y cuidaba a sus
abuelos, así que eligieron a la niña, ella podría cuidarles.
Así que llamaron a Marijuica y la mandaron a hacer mandaos. Cuando
la niña volvió la comida estaba preparada, había una gran olla en la lumbre y tanto
se sorprendió que levantó la tapa para ver qué pinta tenía, y... ¿qué vio? el dedo
índice de Juanico que la llamaba. Se enroscaba y se estiraba, se enroscaba y estiraba.
Marijuica estaba muy triste. Sus abuelos habían cocinado a su hermanito.
Ese día Marijuica, aunque sus abuelos insistían y su estómago rugía, no probó ni un bocado de
la comida y cuando sus abuelos terminaron de comer ella, como todos los días, recogió la mesa y,
cuidadosamente, sin que la vieran, recogió uno por uno todos los huesecicos y los metió en un
saquito.
Al terminar de fregar y de limpiar, les dijo a sus abuelos que se iba a jugar y cuando ya estuvo
muy lejos de la casa, donde nadie podía verla, enterró los huesecicos de Juanico y le rezó una
oración.
Pasó el tiempo y un día en el mercado, la abuela vio un puesto de frutas que tenía unas naranjas
que quitaban el hipo. Cuando se acercó vio a Juanico y le dijo: "Juanico, Juanico, ¿me das una
naranjica?". Y Juanico le contestó: "A ti no que me guisaste". Esa misma mañana,
el abuelo, al volver del campo, pasó por el mercado y se encontró un carro que llevaba unas manzanas rojas y
brillantes y al ver que era Juanico le dijo: "Ay Juanico, tengo mucha hambre ¿me das una manzana?"
y Juanico le contestó: "A ti no que me comiste".
Pero Marijuica estaba haciendo los madaos y al ver el carro de Juanico lo reconoció enseguida y con los ojos
llenos de lágrimas se fue corriendo hacia él y le dijo: "¡Juanico, Juanico!", "¿me das
una naranjica?". Y Juanico le contestó: "¡A ti sí que me recogiste!", y le dio todo el
carro lleno de frutas frescas y millones de besos.
Y desde entonces, Juanico y Marijuica vivieron felices y contentos y nunca más les faltó y comer.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
A la Mela y a Marigorda, que tantas cosas me enseñaron cuando no sabían cómo entretenerme.
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