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El Bandolero Sebastián de Juanaco
Nos cuenta la historia, en este caso la oral, que hace unos 150 años vivía en Abengibre una familia a la que
apodaban "Los Juanacos". Esta familia, compuesta por los padres: Juan Cebrián Torres y Juana Pérez, tenía cuatro
hijos, Cristóbal, Juan, Miguel y Sebastián; unos mocetones, alegres, trabajadores, que la mayoría de las veces se
divertían volcando carros, rulando los poyos que había junto a las puertas de las casas y otras trastadas que
exigieran fuerza.
Un día, el padre envió a dos de sus hijos, Juan y Sebastián, a vender dos pieles de aceite, con 5 arrobas cada
una (unos 110 kilos) a Golosalvo; pero, aprovechando que eran las fiestas de san Jorge, los dos chavales se pusieron la ropilla
más nueva que tenían y con el burrillo cargado, llegaron a la plaza de Golosalvo. Ataron el
animal a una reja, descargaron las pieles de aceite y allí quedaron, mientras ellos de divertían. Después, sin
vender ni una alcuza de aceite, ni de haberlo intentado, se dispusieron a regresar al pueblo y cual sería el
asombro de las muchas personas que había en la plaza, cuando Sebastián cargó las 10 arrobas de aceite –en el
burro- sin ayuda de ninguna clase, ni siquiera ayudándose del cuerpo, para no mancharse. Aquello fue motivo de
admiración y comentario, no se habló de otra cosa en aquellas fiestas. La noticia corrió de pueblo en pueblo, por
toda la comarca. Muchos probaron, se hicieron apuestas, no se sabe de nadie que hiciera lo que Sebastián de Abengibre.
Pero lo curioso y digno de contar fue que estando en Albacete, se acercó a un grupo de hombres que estaban tirando a la
bola. Uno de aquel grupo se vanagloriaba de lo lejos que lanzaba y desafiaba a los presentes sin obtener respuesta. La
bola, con un peso de 36 libras (16'56 kilos), había quedado a unos metros de distancia del grupo. Salió Sebastián en
dirección a la bola, la cogió y dijo en voz alta: "Quietos todos", al tiempo que lanzó la bola por encima del grupo de
hombres a una distancia triple al que anteriormente se jactaba de su fuerza. El grupo quedó mudo por el miedo, por ver cómo
la bola había pasado por encima de sus cabezas y, sobre todo, por la distancia conseguida. Cuando el hecho se contaba en
las tabernas y posadas, nadie lo creía, pero fue bien cierto.

Y, volviendo al hilo de la historia de Sebastián de Juanaco... En aquel tiempo, el comercio lo tenían los arrieros de
nuestro pueblo en la ruta de Algeciras. Llevaban a vender o a porte los más variados productos: aceite, azafrán,
hierro, carbón, papel, de todo. Con sus recuas de burros, solos bajo el cielo, andando siempre, de día y de noche,
durmiendo poco, estando siempre alerta de ladrones y bandoleros, con el miedo de ver aparecer en algún recodo del
camino, en aquellos parajes de Sierra Morena, a José María El Tempranillo, Los Niños de Écija,
El Bizo o El Vivillo. Aquellos hombres, antepasados nuestros, se ganaban la vida a fuerza de exponerla.
En uno de aquellos
viajes, Juan –el hermano de Sebastián- paró en una venta de Bujalance (Córdoba) donde el dueño y algunas
personas de la venta, al ver el dinero que llevaba, le salieron al camino y en la emboscada le robaron y le dejaron herido de un brazo.
El hermano de Sebastián murió a consecuencia de la herida y fue entonces cuando Sebastián de Juanaco vendió su recua de
burros, compró un caballo y marchó a la venta en que estuvo su hermano; hizo que los culpables le acompañaran al lugar
del atraco y allí mismo los mató. Por aquellas muertes se vio obligado a huir de la justicia, refugiándose en los
Montes de Toledo y formando parte de la cuadrilla del bandolero "Tres Juncos". Se cuenta que una de las veces, estando
estos bandoleros preparados para comer y discutiendo unos con otros sobre dónde sentarse, Sebastián de Juanaco dijo al
tiempo que se sentaba encima de uno de aquellos hombres: "Ya tengo silla", aguantando el malhechor, ante la osadía de
Sebastián, durante toda la comida.
Y, conforme iba pasando el tiempo, el nombre de Sebastián de Juanaco se fue haciendo cada vez más famoso; unas
veces, por sus atracos a diligencias; otras, por su generosidad a favor de los débiles. En una ocasión, con la
partida de "Tres Juncos" asaltaron una diligencia y, después de que el jefe de la banda robara las joyas de
las mujeres que en ella viajaban, Sebastián, haciendo frente a todos los de su cuadrilla, hizo que se les devolvieran
las joyas a las mujeres diciendo: "Sebastián de Abengibre nunca roba a mujeres".
Esta generosidad
aumentó su popularidad, ya de por sí amplia, moviéndose en una ilegalidad que excluía la violencia
física y los delitos de sangre, como lo demostró en la venganza de su hermano perdonando la vida a una chaval,
con el riesgo de que lo matara, diciéndole: "Muchacho, ve que te recríen, tú no hiciste nada".
Hubo en aquellos años ladrones y cuadrillas de bandoleros que se aprovecharon de su nombre para cometer fechorías; como en
"Casa de Lanza" de Utiel, en que uno de Fuentealbilla, junto con la cuadrilla de Mariano de Abengibre, robaron diciendo que
era Sebastián de Abengibre y su banda. A los pocos días, fue reclamado por la guardia civil a la plaza de Casas Ibáñez para
ser reconocido por los señores que habían sido robados; dichas personas describieron a los ladrones y sin mediar palabra más,
Sebastián marchó en su caballo a Fuentealbilla, dirigiéndose a un grupo de hombres que había en la plaza. Uno de ellos se le
acercó diciéndole: "Hombre Sebastián, ¿de dónde vienes?" –a lo que él
contestándole secamente: "De responder de un robo que hiciste, con mi nombre, en la casa de Lanza de Utiel".
El malhechor confesó el robo.
Por no haber hecho demasiadas cosas graves, y seguramente con la ayuda de Don Rafael Monares Cebrián, hijo de este
pueblo y Ministro de Gracia y Justicia en 1864, fue indultado por segunda vez, regresando a nuestro pueblo y contrayendo matrimonio
con Ana Abellán, manteniéndose cierto tiempo apartado del bandolerismo y viviendo como un arriero más.
Pero las circunstancias y el destino jugaron demasiado con aquel muchacho que se hizo hombre antes de tiempo y que tuvo en sus
manos la fuerza de sus antepasados picapedreros. Entre una familia de Jorquera y otra de aquí, lo involucraron en la muerte de
un secretario del ayuntamiento; por lo que se vio nuevamente perseguido por la justicia, siendo capturado y condenado a muerte.
Y, nos cuenta el recuerdo de padres a hijos, que hubo cierta persona influyente de Jorquera que le fue al Gobernador de Albacete
con el cuento de que Sebastián de Juanaco había ido a prisión y que cuando saliera le iba a cortar al Señor Gobernador –por
tenerlo encarcelado sin culpa- "sus tales y sus cuales". Bien que ésto influyera en el ánimo del gobernante o bien que el
expediente de indulto se retrasara por ciertos motivos no aclarados suficientemente, la realidad fue que el perdón llegó cuando
Sebastián ya había sido fusilado. Contaba sólo 33 años de edad.
Y así, con el paso de los años y como base esta historia oral, se ha venido tejiendo una aureola entorno a la figura de
Sebastián de Juanaco, como modelo de hombre fuerte y valiente que a todos nos han relatado cuando éramos niños en forma
de cuento. Por ello, el hecho de bajar Sebastián con un caballo por la Fuente del Palero, con el precipicio tan grande que
hay o el luchar con el demonio, al que le cortó la oreja, quedará para los niños como una realidad más
y, para los mayores, será parte de una leyenda mezclada con la historia, porque sólo Dios sabe cómo fue en
realidad Sebastián de Abengibre.
Autor: Bautista Pérez González
Primer premio de prosa en la III Semana de la Convivencia, agosto de 1984
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