SEGUNGA PARTE DE LOS ALARDES
(Los moros colocan los santos a la cabeza de la procesión y esta les sigue hasta la
explanada del castillo. Una vez colocadas las Imagenes sobre los pedestales, llega el
General cristiano al cuerpo de guardia de los Moros y volviéndose hasta sus soldados,
les dice:)
General cristiano
Confuso y avergonzado de la batalla pasada, vuelvo al campo del honor a recobrar buena fama,
pues la vida, sin honor, la Tengo por muerte amarga.
¡Soldados! tened valor; volvamos a la campaña. Haced el último esfuerzo, pues tengo tal
confianza de vencer al enemigo si las fuerzas no nos faltan, que siento se pase el tiempo:
¡Es mi muerte la tardanza...! ¡Ya nos ponen centinelas...! ¡Ya desfila su vanguardia...!
¿Qué esperamos, hijos míos? ¡Id preparando las armas...!
Y tú, fiel Embajador, a subir a la montaña. Ve a Tarif, a aquel dragón de las huestes
africanas y decirle que no admito ni razones ni palabras, o nos devuelven el Patrón, aquel
Arcángel que alaban los Ángeles en el cielo, O que prepare la batalla.
Embajador cristiano
Con el alma y la vida; voy a punto a darle cima a tan grave asunto.
(Se marcha el Embajador cristiano a donde estan los moros y a su llegada saluda al Embajador
Moro y le dice:)
Nuestro Dios te bendiga, moro ufano, y préstale atención a mi discurso:
Yo soy, Señor el Embajador cristiano que en nombre de mi Jefe y al concurso de fieles y
tropas a su mando, os ruego que al momento entreguéis la efigie, que tu audacia ha conquistado
por sorpresa insiosa, inesperada, embebió en sus cultos el cristiano; pero que, vuelto en sí,
de su insulto y con ardiente fe muy alentado, no olvida el atropello cometido que un musulmán
el suelo haya pisado, ¿te muestras sordo? ¿no escuchais mis ruegos? El culpable serás del
resultado.
Tus huestes sarracenas, degolladas, no han de hallar en la fuga triste amparo.
¿Qué, la naturaleza no te mueve y altivo intentar no rendir tu brazo. Pues, ya verás,
despreciar armas, y cuerpo a cuerpo lidiar en ese campo y no en batalla general conviertas...
¡Oh, Dios, mi pecho esta inflamado! ¡Oh, Tarif...! resuelve, pronto, que ese, nuestro patrón,
sea entregado, y que después, el pueblo te bendiga por hombre religioso y señalado.
General Moro
Sigue, Embajador; estais soñando. Contestaré resuelto con mi alfanje.
Embajador cristiano
Veo que no das pruebas de ablandarte... pues sigue tu tesón; y el resultado bien pronto lo
veras, pues somos todos con los moros, nada compasivos, cuando vienen así pisoteando el
sagrado derecho que pedimos.
Y fieras en la lid, veréis cual pronto correremos, ansiosos, al peligro por dejar al Arcángel
sin mancilla por lavarle ese rostro tan divino: hundiendo para siempre, haciendo astillas
vuestras armas rebeldes; y atrevidos, castigaremos la avilantez infame, que ha mostrado el
Musulmán altivo, de mirar con el mayor aprobio aquella hermosa imagen que allí miro, sin
mirar que ese glorioso Arcángel con su cortante espada ha vencido, más de una vez, al dragón
rebelde que a sus plantas tiene confundido.
General Moro
Ya te he escuchado, Embajador altivo, en tu discurso he visto la soberbia propia de vuestro
suelo; y que prefieres de una baja manera a mi presencia.
¡Con esos modales, venirme suplicando que de vuestro patrón haga la entrada...!
¡Y con filos venir amenazando...! atestadas están en mi cabeza.
Del parlamento, las sagradas leyes, que excesiva arrogancia os dispensan; de otra suerte
jamás perdonaría injurias que rebajan mi grandeza.
Marchad pronto; y decid a vuestro jefe que no tan fácilmente se hace entrega de laureles
ganados en batalla, y en los peligros de una sangrienta guerra. Ahora bien; si soberbio y
atrevido quiere hacer vuestro insulto a mis banderas con este corvo alfanje, que sostengo,
el hilo cortaré de su carrera.
Las columnas formadas a su frente jamás cristiano alguno vio dispersar vertieron, sí, su
valerosa sangre por el Alcorán santo que profesan; espero ¿huir? ¡nunca! Ya formadas otro
sangriento ataque es lo que esperan, para dar a entender al cristianismo el poder de las
fuerzas sarracenas, y, por último, este alfanje enacerado sabré medir con él en la pelea,
y la muerte, que, yo miro en su torno, será la que dé fin a esta guerra.
Embajador cristiano
Eso a mi jefe diré; pero tened entendido que nada conseguiré pues es cruel, vengativo,
contra todo el que a su fe pronto no ve convertido.
Adiós, General, piensa el asunto, que en tu mano, la paz, se te convida; no pierdas de
vista, que es la vida la que juegan millares. Voy al punto a enterar a mi jefe prontamente.
Con que... ¿nada más?
General Moro
Embajador cristiano (Al volverse)
(Vuelve rápido el Embajador y al llegar a la vista del General pronuncia con denuedo):
¡Mi General que quieren prender fuego al Patrón! ¡Entremos a degüello! A vos, San Miguel
Glorioso, os pido con fervor, que deis valor a mi brazo y a mi lengua explicación, para poder
convertir a esa barbara Nación, a esos moros africanos que viven sin religión y no creen en
el misterio de la Santa Encarnación.
A ellos; ¡valientes soldados! Seguidme con gran valor rescataremos la imagen mediante su
intercesión.
(En esto sale al encuentro el General Moro y el General cristiano continúa):
General cristiano
¡Alto! Valeroso moro detén tu brioso paso; no sigas más tu soberbia, que antes que llegue el
ocaso ese astro luminoso, he de quedar victorioso y de tu audacia vengado.
General Moro
Parece que estás animado...
General cristiano
Déjate de pasatiempos; que en cenizas, por el viento, volarás con tus soldados.
General Moro
Parece que has olvidado ¡Oh Cristiano, fugitivo!, las escenas que han pasado. Admito tu
desafío...
Yo haré que vuelva a tu memoria lo que dejaste en olvido a un vencedor, que en Europa mil
glorias ha conseguido con tu Embajador brindarle con tu piedad y cariño ¡y vas, ahora, a
oponerte a que este cortante filo!
¿Caiga en tierra tu cabeza por soberbio y atrevido?
Cuando dejaste cobarde a ese, tu Patrón que miro ¿cómo no te hiciste fuerte mostrando ese
noble brío?
Tú corriste con los tuyos palido y muy pavorido, sin mirar en el honor del soldado,
distintivo. Tu ejército abandonaste; y vergonzoso y corrido armas, caballos, ¿qué digo?
¡hasta el Patrón dejaste!
General cristiano
Despreciando tus palabras me remito a mi valor... o fuiste tú, quien venciste, nuestra
tibia devoción; ella nos privó las fuerzas y la victoria te dio.
General Moro
¡Alá santo! Tú que miras desde ese trono sagrado mis acciones de valor dá fortaleza a mi
brazo que dé a entender a este vil lo que en un mahometano cuando se encuentra en la lid
y vengan escarmentados si hubiera aquí veinte mil.
General cristiano
Con que ¿confiais en la lid? Pues... ¡a ella soldados míos! ¡aprovechad la ocasión!
(Gran tiroteo por ambos flancos. Simulacro. Caen dos o tres moros a tierra)
Cogédles ese castillo y morid con el Patrón ¡ya desmayan en la acción...!
Embajador cristiano
¡Huid, infame canalla...! ¡fuertes en esa muralla...!
General Moro
¿Abandonáis la montaña...? ¡Alá... ¡nuestra perdición!
General cristiano
¿No hacías de tu Dios alarde? ¡vuelve la cara cobarde!
(En esto le dispara un tiro al General Moro y finge estar herido).
General Moro
¡Ay! ¡me hirió el corazón! Venid y oíd hijos míos.
Todos los moros
Lo vemos... ¡somos perdidos! Entregaos a discreción.
General cristiano
Entrega ese fino acero que valiente has defendido me pesa en haberte herido y tu salud
pronto espero, la del alma es lo primero; reconócete rendido.
Esa efigie, ese portento ha defendido tu vida. Humíllate a Jesucristo y pídele, en alta voz,
que te conceda el bautismo.
General Moro
Ese tiro tan certero que mi corazón ha herido abrió una fuente, que arroja el veneno que he
bebido. De manifiesto me pone mis errores cometidos ¡Penas enormes! ¡qué infamia! ¡por mí
sufren los cautivos! Sobre todo ¡cielo santo! A vuestra majestad le pido me saque de las
tinieblas en que ofuscado he vivido. Mi corazón, balbuciente, ved que late en su recinto,
y desea, cuanto antes, y que reciba el bautismo de esas aguas con que limpian los corazones
podridos. ¡Aguas cristalinas puras de aquellas con que San Juan bautizó en el río Jordan a
su hijo Jesucristo!
(pausa)
Ya que una vez, por la bondad divina se encuentra, ya, mi alma disipada de aquellas densas
tinieblas que otro tiempo tenaces mis potencias ofuscaban ya que una vez, repito, muy gustoso
la luz del corazón tal refulgente como rayo activo y presuroso ha disipado mi corazón
ardiente os prevengo, soldados, ya no soy hereje demostradme otra vez la confianza que
habéis tenido siempre en vuestro jefe ya soy cristiano y desde el momento que mis ojos
perciben la luz clara, conocí, hijos míos, que la secta era un error, mentira, era falacia
por lo tanto, yo os ruego, yo quisiera que vosotros conocierais eso mismo eligiendo la
senda verdadera que conduce al Empíreo, separara del abismo con que seguidme soldados al
templo de la hermosura.
¡Ved al santo fuente pura de victoria coronado! Ni Mahoma ni sectarios ante el Patrón San
Miguel pues fue el que venció a Luzbel por activo y orgulloso.
Postremos presuroso guerreros del Argel y Tanger y rindiendo los alfanjes digamos con
devoción ¡viva si la religión! ¡viva San Miguel Arcángel!
FIN DE LOS ALARDES
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