Bosquejo histórico sobre la advocación de
san Miguel Arcángel y sus fiestas en Abengibre
Por Rosa Mª Montero Cebrián
El primer testimonio escrito que conservamos sobre la veneración a san Miguel en Abengibre,
data de mediados del siglo XVIII (1770), cuando se cita en el Libro de Fábrica de la Parroquia
la advocación de la misma al Arcángel san Miguel. En muchas ocasiones, el culto a un determinado
santo o santa se debe a algún milagro o aparición acaecida en esa población; sin embargo, en el
caso de Abengibre, la génesis del patrocinio de san Miguel hunde sus raíces en época mucho más
temprana a este documento, concretamente en el emplazamiento físico del pueblo sobre una colina
horadada por cuevas y cavidades subterráneas que recorren interiormente casi todo el perímetro
del primitivo asentamiento. El peligro real y físico que grietas, cuevas y oquedades han supuesto
siempre para el caminante descuidado, el rebaño perdido o el pastor ignorante motivó tempranamente
la vinculación de este miedo a unas causas supraterrenales de modo que la advertencia de estos
peligros quedara reforzada por supersticiones, las cuales sumaban a los riesgos del cuerpo los
daños del espíritu. De este modo, las cuevas se convirtieron en espacios asociados al mal,
escenarios de aquelarres y guaridas de ladrones según refleja la tradición popular y aún la
entrada al inframundo, el averno dominado por Plutón según la mitología romana o el infierno
gobernado por el diablo como lo conocemos los cristianos. Fruto de este temor, que como vemos se
remonta a donde alcanza la conciencia humana, es la búsqueda de una figura que contrarreste esta
potencia maligna, la cual encuentra su mejor y máximo exponente en el arcángel san Miguel, vencedor,
como refleja la Biblia, en la batalla con Luzbel, el Ángel Caído.
Atendiendo a los vestigios arqueológicos, uno de los primeros sustratos del actual emplazamiento
puede fecharse aproximadamente en época romana e, indudablemente, otro de ellos pertenece a la
islámica. En principio, puede sorprendernos esta advocación en unas religiones tan dispares a la
nuestra, como son la romana y la islámica, que consideramos "paganas". No obstante, atendiendo a
la historia vemos como, mientras la Iglesia Cristiana desterraba al infierno a todas las primitivas
deidades paganas, en el caso de san Miguel los diversos poderes de varios dioses fueron absorbidos
dentro de los atributos del Arcángel. Encontramos así, por ejemplo, el trabajo de pesar las almas y
trasladarlas al otro mundo, en los dioses egipcios Osiris y Anubis; y la función de mensajero de Dios,
en el dios romano Mercurio, del cual, además, recoge parte de su iconografía: alas y caduceo. En
un recorrido histórico – artístico, puede apreciarse que los lugares dedicados a san Miguel se
sitúan frecuentemente en montículos y partes más altas de las colinas, donde se sabe que hubo
anteriormente un templo de Mercurio o Hermes. En cuanto a la veneración islámica, está probado
que Mahoma hizo una especie de síntesis de las religiones que conoció en sus múltiples viajes y
de ahí que El Corán, libro sagrado islámico, recoja el culto a dos arcángeles: Miguel y Gabriel.
Desde antaño, las fiestas en honor a san Miguel se han celebrado
en Abengibre en dos fechas: el 8 de Mayo, o fiestas de san Miguel "El Pequeño o El Pobre"; y el 29
de Septiembre, o de san Miguel "El Grande o El Rico"; en las cuales curiosamente procesiona una
imagen del santo de dimensiones consonantes a su nombre.
• Fiestas de san Miguel "El Pequeño"
La celebración del día 8 de Mayo responde, según la tradición oral del pueblo, a dos hechos.
Por una parte, hay quienes la explican aludiendo a que conmemora la aparición del patrón en el paraje
de caminantes conocido como la Casa de Juan Valienta. Según cuentan, una mañana un caminante
encontró una imagen de san Miguel en el poyo de la entrada de la casa y desde entonces, todos los
años, se organizaba una romería en su honor.
La otra versión, mucho más creíble, apunta que la citada imagen fue comprada por el rico propietario
de la Casa de Juan Valienta. Puesto que en estos años no existía ninguna otra imagen del patrón,
ni tampoco una ermita hasta donde poder hacer una romería, los devotos paisanos iniciaban todos
los años, en esta época en que la primavera hace florecer los campos, una especie de peregrinación
para pedir a san Miguel que cuidase del futuro sustento de sus familias. Cuando regresaban, el dueño
les entregaba un panecillo que luego rellenaban con trigo en el Camino de la Calerilla, tradición
que se mantuvo hasta la inauguración de la ermita en 1929.
En principio, las fiestas de precepto abarcaban solamente dos días hasta que, cerca de los años
veinte, llega al pueblo el párroco don José Matencio que fundó la Compañía de las Hijas de María e
instauró un día más de festejos, que sirvió para conmemorar la Asunción de la Virgen.
Para los más religiosos, sobre todo las mujeres, estas fiestas comenzaban ya el 2 de Mayo, día
en que tenía lugar la primera Novena a la Virgen María y que, en ocasiones, eran cantadas por
Francha Pérez Montero. Para todos los demás lugareños, los festejos daban comienzo el día 8 de
Mayo con la procesión de san Miguel. El pueblo entero se congregaba en la puerta de la Iglesia
para llevar al patrón hasta la Era de Benitaco donde tenía lugar la Bendición de los Campos,
orientando la imagen de san Miguel hacia los cuatro puntos cardinales para conseguir así una
buena cosecha para ese año. Esta procesión vino a sustituir a la antigua romería a la Casa
de Juan Valienta (posiblemente tras el hundimiento de la misma).
El día 9 era, quizá, uno de los más importantes para los jóvenes muchachos, pues era el
momento en que los más intrépidos demostrarían ante todo el pueblo su destreza en la Carrera
de Cintas. Esta prueba se realizaba en la llamada Cuesta de la Bodega (la actual Carretera de
Casas Ibáñez), desde la Era de Saluta hasta el Barranco de la Zorra, justo al final de la
cuesta. Allí ponían una estaca de unos 3 metros de altura en cada cuneta y, de una a otra,
una cuerda o alambre del que pendían cintas de seda de unos 125 centímetros de largas por 5
centímetros de anchas. Estas cintas, de diferentes colores, eran bordadas por las Hijas de
María con hilos dorados con una leyenda semejante a la siguiente: "Fiestas en Abengibre"
(motivo ornamental) "Año 1927", y las iniciales engarzadas de la costurera: "MC". Estaban
rematadas, de la parte inferior, por flecos también dorados y, de la parte superior, una
anilla del tamaño de una moneda de cinco duros. Y aquí reside la dificultad de la prueba: los
participantes debían salir al galope con sus caballerías llevando en la mano un palo de un
palmo (más o menos del mismo tamaño y grosor que un lápiz), que debían introducir por la
pequeña anilla para, así, llevarse la cinta. Al ser tan complicada la prueba los mozos
agudizaron el ingenio y, según cuenta Mateo Valera, muchos ponían un alfiler en la punta
del palo para pinchar la cinta, sustituyendo así perspicacia por maña. Algunos de los que
corrían eran Miguel Jalmero, el hermano de la Anita de Mª Josefa y Jesús Cebrián (mi abuelo,
del que conservo dos cintas).
El día 10 de Mayo, festividad de las Hijas de María, se iniciaba con la última novena a la
Santísima Virgen y se dedicaba al baile. Tras pagar un real en la entrada, comenzaba una
jornada de coqueteo que iba de las tres a las seis de la tarde y se reanudaba a las nueve y
media tras un paseo por el Camino de Jorquera, con cuya clausura se daba fin a las fiestas.
• Fiestas de san Miguel "El Grande"
Según el Beato Santiago de Vorágine, el mismo san Miguel dispuso que el 29 de Septiembre se
dedicase a su nombre y que se erigiese una iglesia en el monte Gárgano conmemorándole, pues
éste fue el primer lugar donde se apareció el Arcángel.
Con las primeras luces del alba de este día daba comienzo, en Abengibre, la festividad del
patrón. Era entonces cuando se cantaban, ante la puerta de la Iglesia, las Albas a san Miguel:
se trata de una composición de veinticuatro estrofas de cuatro versos cada una, anónimas, que
se han transmitido oralmente de padres a hijos y en las cuales el pueblo de Abengibre, con tono
chistoso pero amable, da las gracias al patrón por su protección y le suplica ayuda contra las
enfermedades, las plagas que asolan las cosechas y el miedo. Tras ellas, todo el pueblo se reunía
para realizar la comida de Colación. Normalmente esta colación se debía a una promesa u ofrecimiento
particular, aunque en su preparación participaba todo el pueblo y, mediante una pequeña aportación
económica, servía para cubrir los gastos de las fiestas: banda de música, procesiones, bailes...
La receta de esta sabrosa y dulce comida, que también recibía el nombre de colación, era bastante
complicada y ocupaba el trabajo de varias docenas de personas durante dos días. Para su elaboración
eran necesarias cuatro arrobas de miel (unos 50 kilos) y un costal de trigo. En primer lugar, los
mozos transportaban el trigo al molino de Jorquera, cuya faena no era cobrada por ser en beneficio
de san Miguel. Una vez la harina en el pueblo, las mozas se afanaban en amasar el pan y llevarlo al
horno para cocerlo y aquí no les cobraban "la polla": de diez panes no les cobraban uno. Una vez
cocido, el pan era hecho picatostes y llevado en "tendíos" (una especie de paño o mantel) a la Era
de Piedra para que se secara. Mientras era acarreado otra vez al molino para que lo molieran, las
mujeres echaban la miel en una gran caldera hasta ponerla a punto de caramelo y, luego, añadían el
pan rallado y removían bien para evitar los grumos. La mezcla resultante se repartía por las casas
donde otras mujeres tenían ya preparadas las mesas de la matanza para continuar la elaboración: se
untaban los bordes con agua para evitar que se pegaran, se mojaban las manos y comenzaban a amasar
la mezcla en una especie de tortas finas que luego dejaban enfriar. Al día siguiente, una vez bien
frías las tortas, se juntaban de tres en tres y se envolvían en un "pliego de papel de barba recio",
preparándose así para el día de la subasta o de la venta de las mismas.
Los festejos del día posterior, 30 de Septiembre, son bastante conocidos por todos: en la puerta
de la Iglesia, Perico el de Hormiga y Juan de Amparo, por los Moros, y Marcos Ruiz y Jesús Cebrián,
por los Cristianos; ataviados con las ropas oportunas, daban "principio" a los Alardes de Moros
y Cristianos. Por la tarde era habitual que, además del baile de todos los días, se realizara
una carrera en el Camino de Jorquera (desde los Cebadales del Sastre hasta la entrada del pueblo)
cuyo premio consistía en un pollo, un sabroso festín para años de tanta escasez como aquellos.
Quizá la celebración menos conocida por todos sea la del Día de los Oficios de san Miguel, ya el
1 de Octubre, en la cual tenía lugar el nombramiento de los Tres Mayordomos de san Miguel para el
año siguiente. A su cargo estaba la organización de las fiestas religiosas y populares. Para
sufragar los gastos organizaban en sus casas una especie de reunión a la cual podía acceder todo
aquel que pagara una entrada simbólica de seis reales, a cambio de la cual le entregaban una torta
de colación.
Normalmente los Mayordomos de san Miguel eran arrieros que se ofrecían por promesa u acción de
gracias. El acto de investidura, de carácter público, era llamado Correr los Oficios y tenía lugar
en la puerta de la Iglesia. El párroco imponía la medalla de san Miguel y los atributos según la
edad de los futuros mayordomos: al mayor se le asignaba un fajín bordado, colorado y blanco; al
siguiente un bastón de mando y al último un pincho adornado con cintas. Si se daba el caso de que
los aspirantes superaran el número de tres, se disponían los tres atributos en la puerta de la
Iglesia mientras ellos esperaban, en línea y a cierta distancia, a que el sacristán alzase en
remolinos la bandera del patrón para dar lugar a la carrera; siendo nombrados los tres que
consiguiesen hacerse con los mencionados atributos. Tras el nombramiento de Mayordomos, se
clausuraban las fiestas con una invitación a los asistentes al puñaillo: "jeja tostá", garbanzos
"torraos" y vino.
Sirva este modesto trabajo como reconocimiento y homenaje a nuestros mayores, a la Pepa de la
Romera, a Mateo Valera, a Ramona Cebrián, y a tantos otros que ya hace tiempo que nos abandonaron,
como Saturnino, el Serrano, la Rojilla, Marigorda, la Chica Nares...
A mis abuelos y a mis queridos mayores, porque en ellos reside la verdadera sabiduría.
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