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Enero
17
San Antón
Patrón de los animales
Festividad Local
San Antón, como se conoce cariñosamente al santo, es en realidad
San Antonio Abad, patriarca fundador de los
primeros conventos y monasterios de la historia. Fue un monje eremita que vivió entre los siglos II y
III en el Delta del Nilo y dedicó su vida ascética a la predicación y oración a Dios, sufriendo
las más terribles tentaciones y privaciones.
Desde la antigüedad los fieles se han encomendado a él para que alejara las pestes y enfermedades
que atacan a los animales igual que alejó las tentaciones y horrores del demonio. Por este motivo se le
suele representar acompañado de un perro, un gallo y, sobre todo, de un cerdo. Esta tradición proviene de
una región francesa, del Definado, donde surgió una extraña plaga. Los fieles, para agradecer la intercesión
del santo, llevaron al monasterio de san Antonio Abad cerdos marcados con una "T" y una campanilla al
cuello, que podían deambular por las calles y comer lo que se les antojase. Así, cada año, los campesinos
engordaban un cerdo y el día de su onomástica lo sacrificaban y lo repartían entre los pobres. De ahí
viene la tradición de la rifa del "Gorrino de san Antón",
que meses antes era donado por alguna persona del pueblo para tal fin. Iba suelto por el pueblo y era alimentado
por todos los abengibreños.
El día de San Antón, el 17 de enero, la fiesta se traslada a la
Iglesia donde su imagen preside el Altar Mayor y las celebraciones de ese día. Allí, tras
la Santa Misa, se procede a la bendición de los animales que se han congregado a las
puertas.
Como en otras fiestas, existe mucha diferencia entre la celebración actual y la antigua. Ahora que el
trabajo del campo está mecanizado, son pocos los animales que se llevan a bendecir, limitándose casi
exclusivamente a algún animal doméstico. Sin embargo, hace algunos años prácticamente todos los animales
del pueblo estaban allí. Especialmente vistosas eran las mulas, enjaezadas para la ocasión.
Los días anteriores, las mozas del pueblo bordaban largas cintas para la Carrera de Cintas.
Esta prueba se realizaba en la llamada Cuesta de la Bodega (la actual Carretera de
Casas Ibáñez), desde la Era de Saluta hasta el Barranco de la Zorra, justo al final de la
cuesta. Allí ponían una estaca de unos 3 metros de altura en cada cuneta y, de una a otra,
una cuerda o alambre del que pendían cintas de seda de unos 125 centímetros de largas por 5
centímetros de anchas. Estas cintas, de diferentes colores, eran bordadas con hilos dorados con una leyenda, algún
motivo ornamental y las iniciales engarzadas de la costurera. Estaban
rematadas, de la parte inferior, por flecos también dorados y, de la parte superior, prendidas de una
anilla del tamaño de una moneda de cinco duros. Y aquí reside la dificultad de la prueba: los
participantes debían salir al galope con sus caballerías llevando en la mano un palo de un
palmo (más o menos del mismo tamaño y grosor que un lápiz), que debían introducir por la
pequeña anilla para, así, llevarse la cinta. Al ser tan complicada la prueba los mozos
agudizaron el ingenio y, según cuenta Mateo Valera, muchos ponían un alfiler en la punta
del palo para pinchar la cinta, sustituyendo así perspicacia por maña. Algunos de los que
corrían eran Miguel Jalmero, el hermano de la Anita de Mª Josefa y Jesús Cebrián (mi abuelo,
del que conservo dos cintas).
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