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Septiembre
Fin de semana más próximo al 29 de Septiembre
Fiestas de septiembre
San Miguel "El Grande"
Fiestas Locales
Según el Beato Santiago de Vorágine, el mismo san Miguel dispuso que el 29 de Septiembre se
dedicase a su nombre y que se erigiese una iglesia en el monte Gárgano conmemorándole, pues
éste fue el primer lugar donde se apareció el Arcángel.
Con las primeras luces del alba de este día daba comienzo, en Abengibre, la festividad del
patrón. Era entonces cuando se cantaban, ante la puerta de la Iglesia, las Albas a san Miguel:
se trata de una composición de veinticuatro estrofas de cuatro versos cada una, anónimas, que
se han transmitido oralmente de padres a hijos y en las cuales el pueblo de Abengibre, con tono
chistoso pero amable, da las gracias al patrón por su protección y le suplica ayuda contra las
enfermedades, las plagas que asolan las cosechas y el miedo. Tras ellas, todo el pueblo se reunía
para realizar la comida de Colación. Normalmente esta colación se debía a una promesa u ofrecimiento
particular, aunque en su preparación participaba todo el pueblo y, mediante una pequeña aportación
económica, servía para cubrir los gastos de las fiestas: banda de música, procesiones, bailes...
La receta de esta sabrosa y dulce comida, que también recibía el nombre de colación, era bastante
complicada y ocupaba el trabajo de varias docenas de personas durante dos días. Para su elaboración
eran necesarias cuatro arrobas de miel (unos 50 kilos) y un costal de trigo. En primer lugar, los
mozos transportaban el trigo al molino de Jorquera, cuya faena no era cobrada por ser en beneficio
de san Miguel. Una vez la harina en el pueblo, las mozas se afanaban en amasar el pan y llevarlo al
horno para cocerlo y aquí no les cobraban "la polla": de diez panes no les cobraban uno. Una vez
cocido, el pan era hecho picatostes y llevado en "tendíos" (una especie de paño o mantel) a la Era
de Piedra para que se secara. Mientras era acarreado otra vez al molino para que lo molieran, las
mujeres echaban la miel en una gran caldera hasta ponerla a punto de caramelo y, luego, añadían el
pan rallado y removían bien para evitar los grumos. La mezcla resultante se repartía por las casas
donde otras mujeres tenían ya preparadas las mesas de la matanza para continuar la elaboración: se
untaban los bordes con agua para evitar que se pegaran, se mojaban las manos y comenzaban a amasar
la mezcla en una especie de tortas finas que luego dejaban enfriar. Al día siguiente, una vez bien
frías las tortas, se juntaban de tres en tres y se envolvían en un "pliego de papel de barba recio",
preparándose así para el día de la subasta o de la venta de las mismas.
Los festejos del día posterior, 30 de Septiembre, son bastante conocidos por todos: en la puerta
de la Iglesia, Perico el de Hormiga y Juan de Amparo, por los Moros, y Marcos Ruiz y Jesús Cebrián,
por los Cristianos; ataviados con las ropas oportunas, daban "principio" a los Alardes de Moros
y Cristianos.
Por la tarde era habitual que, además del baile de todos los días, se realizara
una carrera en el Camino de Jorquera (desde los Cebadales del Sastre hasta la entrada del pueblo)
cuyo premio consistía en un pollo, un sabroso festín para años de tanta escasez como aquellos.
Quizá la celebración menos conocida por todos sea la del Día de los Oficios de san Miguel, ya el
1 de Octubre, en la cual tenía lugar el nombramiento de los Tres Mayordomos de san Miguel para el
año siguiente. A su cargo estaba la organización de las fiestas religiosas y populares. Para
sufragar los gastos organizaban en sus casas una especie de reunión a la cual podía acceder todo
aquel que pagara una entrada simbólica de seis reales, a cambio de la cual le entregaban una torta
de colación.
Normalmente los Mayordomos de san Miguel eran arrieros que se ofrecían por promesa u acción de
gracias. El acto de investidura, de carácter público, era llamado Correr los Oficios y tenía lugar
en la puerta de la Iglesia. El párroco imponía la medalla de san Miguel y los atributos según la
edad de los futuros mayordomos: al mayor se le asignaba un fajín bordado, colorado y blanco; al
siguiente un bastón de mando y al último un pincho adornado con cintas. Si se daba el caso de que
los aspirantes superaran el número de tres, se disponían los tres atributos en la puerta de la
Iglesia mientras ellos esperaban, en línea y a cierta distancia, a que el sacristán alzase en
remolinos la bandera del patrón para dar lugar a la carrera; siendo nombrados los tres que
consiguiesen hacerse con los mencionados atributos. Tras el nombramiento de Mayordomos, se
clausuraban las fiestas con una invitación a los asistentes al puñaillo: "jeja tostá", garbanzos
"torraos" y vino.
Sirva este modesto trabajo como reconocimiento y homenaje a nuestros mayores, a la Pepa de la
Romera, a Mateo Valera, a Ramona Cebrián, y a tantos otros que ya hace tiempo que nos abandonaron,
como Saturnino, el Serrano, la Rojilla, Marigorda, la Chica Nares...
A mis abuelos y a mis queridos mayores, porque en ellos reside la verdadera sabiduría.
Por Rosa Mª Montero Cebrián
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