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 © Rosa Mª Montero Cebrián
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LOS BOLOS

Juego de apuestas, bastante popular en la época, más propio de hombres que de niños, por las cantidades de dinero que llegaban a manejarse.

Se jugaba sólo en invierno y sobre todo en las Pascuas, Año Nuevo, Reyes u otras fiestas mayores. El resto del año se cubría el hoyo de paja para no dañar la superficie de yeso y lo llenaban de tierra.

JUGADORES:

  • Mínimo un jugador y no hay máximo
  • Un banquero, encargado de cubrir las apuestas del resto de jugadores

MATERIALES:

  • 8 bolas de güa de cerámica (canicas)
  • Un hoyo ovalado de 2'20 metros por la parte más grande y de 1'50 metros por la parte más estrecha y una profundidad de 1 metro. Conforme se iba profundizando, se iba estrechando (como un embudo). Estaba todo él enlucido con yeso y abajo había una cazuela de cerámica de 18 cm. de diámetro aprox. En los lados, y a la altura de la parte superior de la cazuela, había una reguera de 18 cm. de larga (como la cazuela), unos 2'50 cm. de ancha y de una profundidad de otros 2'50 cm., que servía para atrapar las bolas.

LUGAR DE JUEGO:

  • El lugar de juego fue la era de Tobal, donde ahora está el molino de Juan de Marcelino y la calle Miguel Soriano Carrasco, donde bien seguro estará aún el hoyo.

JUEGO:

Comenzaba con la elección del Banquero, que podía ser cualquiera de los jugadores que dispusiera de dinero suficiente para hacer frente a las apuestas del resto de jugadores. Los demás, y los curiosos que se acercaban a contemplarlo, se situaban alrededor del hoyo y hacían sus apuestas echando al suelo una peseta, un duro y algunas veces mucho más. Debían estar bien visibles.

El banquero ponía encima de cada apuesta la misma cantidad. Cuando ya estaban echas y cubiertas las apuestas, el banquero cogía las ocho bolas del güá, las ponía en la parte superior del hoyo, bien apretadas con la palma de su mano y las lanzaba girando alrededor del hoyo para que cayeran dando vueltas hasta la cazuela o las regueras.

El banquero ganaba todas las apuestas si en la cazuela habían quedado bolas pares. No importaba que en una reguera quedara una y en otra tres, lo importante eran las que caían a la cazuela. Es decir que si en la cazuela había dos, ó cuatro, ó seis u ocho, ganaba la banca.

Si en la cazuela caían nones ganaban los apostantes.

Realizados los pagos y los cobros de las apuestas, el juego volvía a comenzar con los mismos jugadores o con otros nuevos.

Del mantenimiento y limpieza del Hoyo de Los Bolos se ocupaba un hombre que vivía frente a la casa de la Pepa de la Romera, al que apodaban "El Benigno", a cambio de alguna peseta, o más si la jugada había sido buena, que le cobraba de vez en cuando al banquero de turno.

Fuente: Juan Cuenca Cebrián

   
 
 
 
 
 
 
 
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