LOS BOLOS
Juego de apuestas, bastante popular en la época, más propio de hombres que de niños, por las cantidades de dinero
que llegaban a manejarse.
Se jugaba sólo en invierno y sobre todo en las Pascuas, Año Nuevo, Reyes u otras fiestas mayores. El resto del año
se cubría el hoyo de paja para no dañar la superficie de yeso y lo llenaban de tierra.
JUGADORES:
- Mínimo un jugador y no hay máximo
- Un banquero, encargado de cubrir las apuestas del resto de jugadores
MATERIALES:
- 8 bolas de güa de cerámica (canicas)
- Un hoyo ovalado de 2'20 metros por la parte más grande y de 1'50 metros
por la parte más estrecha y una profundidad de 1 metro. Conforme se iba profundizando, se iba estrechando
(como un embudo). Estaba todo él enlucido con yeso y abajo había una cazuela de cerámica de 18 cm. de diámetro
aprox. En los lados, y a la altura de la parte superior de la cazuela, había una reguera de 18 cm.
de larga (como la cazuela), unos 2'50 cm. de ancha y de una profundidad de otros 2'50 cm., que servía para
atrapar las bolas.
LUGAR DE JUEGO:
- El lugar de juego fue la era de Tobal, donde ahora está el molino de Juan de Marcelino y la calle Miguel
Soriano Carrasco, donde bien seguro estará aún el hoyo.
JUEGO:
Comenzaba con la elección del Banquero, que podía ser cualquiera de los jugadores que dispusiera de dinero
suficiente para hacer frente a las apuestas del resto de jugadores. Los demás, y los curiosos que se acercaban a
contemplarlo, se situaban alrededor del hoyo y
hacían sus apuestas echando al suelo una peseta, un duro y algunas veces mucho más. Debían estar bien
visibles.
El banquero ponía encima de cada apuesta la misma cantidad. Cuando ya estaban echas y cubiertas las apuestas, el
banquero cogía las ocho bolas del güá, las ponía en la parte superior del hoyo, bien apretadas con
la palma de su mano y las lanzaba girando alrededor del hoyo para que cayeran dando vueltas hasta la cazuela
o las regueras.
El banquero ganaba todas las apuestas si en la cazuela habían quedado bolas pares. No
importaba que en una reguera quedara una y en otra tres, lo importante eran las que caían a la cazuela. Es decir
que si en la cazuela había dos, ó cuatro, ó seis u ocho, ganaba la banca.
Si en la cazuela caían nones ganaban los apostantes.
Realizados los pagos y los cobros de las apuestas, el juego volvía a comenzar con los mismos jugadores o con
otros nuevos.
Del mantenimiento y limpieza del Hoyo de Los Bolos se ocupaba un hombre que vivía frente a la casa de la Pepa de la
Romera, al que apodaban "El Benigno", a cambio de alguna peseta, o más si la jugada había sido buena, que
le cobraba de vez en cuando al banquero de turno.
Fuente: Juan Cuenca Cebrián
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