El pueblo de Abengibre está situado en el noreste de la provincia de Albacete. Presenta un clima típicamente
mediterráneo, con una precipitación media anual que oscila entre 350-400 mm/m2, es decir, la correspondiente a
un clima seco en el que las principales lluvias se recogen en otoño y primavera, siendo especialmente secos el
verano y el invierno.
Su temperatura media anual es de 13,2º C., con fuertes contrastes entre el verano y el invierno, lo que le da
zona una marcada continentalidad. Su territorio se eleva hasta casi los 700 m sobre el nivel del mar, siendo su
punto más alto "La Calerica", con 687 m.
Su término municipal se extiende a lo largo de poco más de 3000 hectáreas, presentando un relieve bastante
accidentado, debido, en parte, al pequeño valle que discurre de norte a sur, labrado por el arroyo Abengibre,
conocido en pueblo como "La Cañá" y, que lo deja literalmente dividido en dos. Son numerosos los barrancos que
en sentido este-oeste desaguan en el arroyo: "El Barranco del Cura, "El Barranco de la Zorra", "Barranco Romero",
Barranco Perdido", etc. lo que incrementa esta accidentalidad del terreno.
El suelo que domina en casi todo el término municipal son materiales calizos depositados durante el periodo
Terciario, con pequeñas afloraciones fosilíferas en las vertientes de la cañada, en los alrededores del pueblo.
Son éstos pequeños fósiles de caracoles llamados Planorbis, habitantes de lagunas de agua dulce, de poca
profundidad, que dominaron el paisaje de la zona en épocas anteriores. Son más escasas las zonas ocupadas por
areniscas y conglomerados de origen fluvial, acúmulos de épocas más recientes del periodo Cuaternario.
El clima y el suelo han desarrollado un tipo de vegetación distinta a la que hoy conocemos, transformada y
modelada por la intervención del hombre. Es una vegetación típicamente mediterránea que estaría dominada por un
bosque esclerófilo mediterráneo caracterizado por especies arbóreas como las encinas y especies arbustivas típicas
como la coscoja (Quercus coccifera), el espino (Rhamnus lycioides)
y acompañados de matorrales ricos en plantas
aromáticas como romero (Rosmarinus officinalis) o tomillo (Thymus vulgaris).
Sin embargo, el paisaje que ahora podemos encontrar es diferente. Se trata de un paisaje en el que el hombre ha
tenido una clara intervención, modificándolo y transformándolo hasta la forma que hoy lo encontramos: amplios
cultivos de vid y cereales, salpicados por pequeñas islas de pinares de pino piñonero
(Pinus pinea) y encinas o matapardas (Quercus rotundifolia), además de
coscojas o matarrubias que aparecen en zonas donde el suelo no ha podido ser roturado para
su cultivo; salpican pequeñas formaciones de robles o quejigos (Quercus faginea) en
los rincones más húmedos de las umbrías de los barrancos que desaguan en La Cañada, la que hoy, llena de huertas,
muchas de ellas abandonadas, estuvo en su día ocupada por una vegetación palustre dominada por juncos
(Scirpus holoschoenus), aneas y carrizos (Phragmites australis), además de
algunos chopos y olmos.
Todo esto es el resultado del uso que el hombre ha hecho de las plantas y del suelo para su cultivo. Desde que
llegaron aquí los primeros Neardentales, las primeras necesidades fueron cubiertas por plantas: alimento, medicina
y fuente de calor, después se fueron diversificando los usos: textiles, tintes, construcción, artesanías,
insecticidas, tabaco, etc., hasta completar todo un cuerpo de conocimientos que rodea al mundo de las plantas.
Todos estos conocimientos han llegado hasta nuestros días de boca en boca a través de las distintas generaciones. Ellos
representan una parte de nuestra cultura que no está en los libros, y sí en la memoria de nuestros mayores, por lo
que es obligación nuestra recuperarla, ya que cada vez que se muere uno de ellos, con él se va una parte de este
Patrimonio Cultural. Este conocimiento que sobre las plantas útiles hay en cada zona, lo estudia y recoge una
ciencia conocida como Etnobotánica, ciencia que se alimenta de la Botánica, la Etnología y otras disciplinas
como Ecología, Edafología, etc.
Autor: Alonso Verde, Biólogo
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