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Cuadro de San Miguel
| FICHA TÉCNICA |
| Título |
San Miguel Arcángel |
| Autor |
Antonio del Castillo y Saavedra |
| Técnica |
Óleo sobre lienzo |
| Dimensiones |
1,65 x 1,05 metros |
| Inscripción |
"Quién como Dios" |
| Cronología |
2ª mitad del siglo XVII (1654-1665) |
| Estado de conservación |
Reentelado hacia 1975 |
| Ubicación |
Capilla del Bautismo. Iglesia Parroquial de Abengibre (Albacete) |
| Donación |
Don Miguel Soriano Carrasco |
El cuadro de San Miguel es la segunda joya artística de Abengibre, tras la vajilla ibérica.
Procede de la colección privada del Marqués de Aracena desde donde pasó a manos de D. Miguel Soriano Carrasco,
quien lo donó al pueblo de Abengibre en los años '70, con la intención de que sirviera de aval si alguna
vez ocurría alguna desgracia. Desde entonces está instalado en la Capilla del Bautismo de la Iglesia Parroquial
de la localidad, donde desgraciadamente no puede apreciarse como debiera.
Se trata de un óleo sobre lienzo en el que se muestra un San Miguel triunfante ante el demonio, obra de
Antonio
del Castillo y Saavedra, máximo exponente de la pintura cordobesa del siglo XVII, realizado aproximadamente
entre 1654 y 1665.
Sobre un horizonte bajo, lejano y oscuro, propio del tenebrismo naturalista de la época, aparece el arcángel
vestido con una túnica ocre hasta las rodillas bajo la cual se deja ver una fina gasa blanca, cuyo movimiento nos
demuestra la gran maestría del pintor en el tratamiento de los paños. Su pecho está cubierto
por una coraza de metal con apliques dorados en la que el collarín y las hombreras han sido sustituidas por gasas
que se recogen con un broche redondo de manera semejante a como lo hace en las calzas de cuero, quitando así dureza
a la imagen.
Con la mano derecha empuña una espada de larga y fina hoja, sin guarnición, cuya cruz retoma la forma y decoración
propia de los alfanjes islámicos, con los gavilanes enrollados a modo de roleos. Reforzando el carácter defensivo,
con la mano izquierda sujeta un escudo ovalado, cuyo corazón está formado por un anulete y un ristre puntiagudo, en el
que puede leerse la divisa "QUIEN COMO DIOS". Una especie de yelmo o bacinete con airón de tres plumas cubre una larga cabellera de pelo rizado. Completa su vestimenta
una sedosa capa roja que hondea al viento justo sobre sus alas.
Antonio del Castillo realizó este cuadro con una composición a modo de pirámide invertida con base en las alas y
cuyas diagonales confluirían en la punta de los pies, aunque desde el punto de vista de la focalización de las miradas, el
pintor trazó un rombo mediante la espada y el escudo, con vértice superior en el airón del casco e inferior en los pies, de modo
que la atención principal del espectador se centre en la espada que apunta directamente al suelo. Este hecho se ve acentuado
por la utilización de un único foco de luz sesgada que sólo ilumina la mitad izquierda del arcángel, dejando en penumbra el resto
de la representación (una clara característica del llamado "claroscuro hispánico" en el que se observan ciertos tintes tenebristas
que provienen del propio Caravaggio).
Otros dos tenues focos de luz iluminan la escena: una luz cenital o de claraboya usada frecuentemente en el barroco para hacer
más reveladora la figura, representando simbólicamente la lux vera o Luz Divina de la que participan los seres espirituales
por emanación divina, creando así cierta espiritualidad en el arcángel; y una tenue luz que proviene del horizonte pero que no afecta
directamente a la figura, ya que sólo es utilizada para crear profundidad en la escena.
Dentro de la composición existe una clara primacía de la verticalidad rota solamente por la ondulación del cuerpo de San Miguel
por la utilización de la llamada curva praxiteliana (que consiste en apoyar el peso del cuerpo sobre una de las caderas)
creando así una figura sinuosa.
Así, a pesar de la quietud y sosegamiento de la figura de San Miguel, el pintor plasma una característica primordial del Barroco,
como es el movimiento, por medio de la movilidad suave de las gasas y el vestuario, alejándose de las contorsiones forzadas y las
formas abigarradas de otros artistas barrocos como Valdés Leal
El tratamiento de la figura, concreto e individualizado, y el deseo de plasmar en ella sentimiento y expresión majestuosa,
lleva al artista a representar al Arcángel con una postura muy repetida a lo largo de la historia del arte y que,
probablemente, esté inspirada en las estampas y grabados del primer barroco (como Durero) o del propio Rafael. Se trata de una
entrada triunfal que muestra un San Miguel orgulloso de haber vencido al demonio, al que ha relegado a los infiernos, justo
bajo su espada; pero al mismo tiempo, su rostro lo hace humilde, sencillo y sereno. Es una presencia fuerte y emotiva que pretende
impresionar las miradas perplejas de los fieles, intentando resaltar la fortaleza y el poder del Capitán Celestial.
Todo ello a través de un movimiento contenido, totalmente clasicista, que no se rompe en pos de una contorsión brusca y
forzada o de un movimiento exagerado o violento como el de las puras formas barrocas, pero que del mismo modo expresa grandes
sentimientos.
En este aspecto, Castillo es la oposición total a Valdés Leal, al que otros autores han atribuido esta obra. El
arte de Valdés se retuerce, es abigarrado, con vestiduras pomposas que parecen de cartón piedra; mientras que el de Castillo
es, en palabras de Valdivieso, "sobrio, monumental, pero cargado de una gran fuerza expresiva y anímica en sus
personajes".
Esta "fuerza expresiva" viene marcada por el efecto de sus vestiduras al aire, las alas extendidas y su mirada, una
mirada segura mas una mirada de mujer. Castillo, consciente de la fuerza penetrante de una mirada femenina y en consonancia con
el gusto barroco por la naturalidad, debió utilizar a su
esposa Francisca como modelo de la imagen, plasmando una mirada pícara que te hace cómplice de sus pensamientos. Así, el
Arcángel muestra una belleza suave, delicada, dulce, tranquila, de gran paz interior, una belleza que busca el valor por
sí misma, independientemente del sexo, una belleza asexuada que consigue un misterioso idealismo cercano al de Leonardo da Vinci.
San Miguel se encuentra representado con todos los atributos que le son propios y que ayudarán a los fieles en la lectura de la
obra: el manto rojo lo designa como Hijo de Dios y, además, según el Apocalipsis, este color es el símbolo de la guerra como
instrumento de justicia divina; la espada afilada, la armadura simbolizan el Bien que ha conseguido vencer en el
combate a las fuerzas del mal encabezadas por Lucifer; el escudo es el símbolo de la protección de las almas de los
fieles; el color encarnado de la piel y la blancura de las gasas muestran la blancura de su alma; y su divisa en el escudo:
"Quién como Dios", la traducción de su nombre, Miguel, el que es como Dios.
Normalmente la espada acompaña a San Miguel en sus acciones: aparece siempre desenvainada simbolizando su papel como adalid de Dios,
ya que le fue concedida como instrumento de justicia y así, aparece alzada si está amenazando, clavada si está matando al demonio,
indicando al infinito si lo está expulsando, y, en este caso, señalando a sus pies, hacia el suelo, porque ya libró la batalla
final contra el Demonio y allí es dónde le mandó, debajo del mundo, al Infierno, de ahí su actitud triunfante y su expresión satisfecha y serena.
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