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La celebración del día 8 de Mayo responde, según la tradición oral del pueblo, a dos hechos. Por una parte, hay quienes la explican aludiendo a que conmemora la aparición del patrón en el paraje de caminantes conocido como la Casa de Juan Valienta.
Según cuentan, una mañana un caminante encontró una imagen de san Miguel en el poyo de la entrada de la casa y desde entonces, todos los años, se organizaba una romería en su honor.
Otra tradición oral apunta que la citada imagen fue comprada por el rico propietario de la Casa de Juan Valienta. Puesto que en estos años no existía ninguna otra imagen del patrón, ni tampoco una ermita hasta donde poder hacer una romería, los devotos paisanos iniciaban todos los años, en esta época en que la primavera hace florecer los campos, una especie de peregrinación para pedir a san Miguel que cuidase del futuro sustento de sus familias.
Cuando regresaban, el dueño de la casilla de Juan Valienta les entregaba un panecillo que luego rellenaban con trigo en el Camino de la Calerilla, una tradición que se mantuvo hasta la inauguración de la actual Ermita en 1930.
En principio, las fiestas de precepto abarcaban solamente dos días hasta que, cerca de los años veinte, llega al pueblo el párroco don José Matencio que fundó la Compañía de las Hijas de María e instauró un día más de festejos, que sirvió para conmemorar la Asunción de la Virgen.
Para los más religiosos, sobre todo las mujeres, estas fiestas comenzaban ya el 2 de Mayo, día en que tenía lugar la primera Novena a la Virgen María (pues Mayo es el Mes de María) y que, en ocasiones, eran cantadas por Francha Pérez Montero. Para todos los demás lugareños, los festejos daban comienzo el día 8 de Mayo con la procesión de san Miguel.
El pueblo entero se congregaba en la puerta de la Iglesia para llevar al patrón hasta la Era de Benitaco donde tenía lugar la Bendición de los Campos, orientando la imagen de san Miguel hacia los cuatro puntos cardinales para conseguir así una buena cosecha para ese año. Esta procesión vino a sustituir a la antigua romería a la Casa de Juan Valienta (posiblemente tras el hundimiento de la misma).
El día 9 era, quizá, uno de los más importantes para los jóvenes muchachos, pues era el momento en que los más intrépidos demostrarían ante todo el pueblo su destreza en la Carrera de Cintas (ver artículo). Esta prueba se realizaba en la llamada Cuesta de la Bodega (la actual Carretera de Casas Ibáñez), desde la Era de Saluta hasta el Barranco de la Zorra, justo al final de la cuesta. Allí ponían una estaca de unos 3 metros de altura en cada cuneta y, de una a otra, una cuerda o alambre del que pendían cintas de seda de unos 125 centímetros de largas por 5 centímetros de anchas.
Estas cintas, de diferentes colores, eran bordadas por las Hijas de María con hilos dorados con una leyenda semejante a la siguiente: "Fiestas en Abengibre" (motivo ornamental) "Año 1927", y las iniciales engarzadas de la costurera: "MC". Estaban rematadas, de la parte inferior, por flecos también dorados y, de la parte superior, una anilla del tamaño de una moneda de cinco duros. Y aquí reside la dificultad de la prueba: los participantes debían salir al galope con sus caballerías llevando en la mano un palo de un palmo (más o menos del mismo tamaño y grosor que un lápiz), que debían introducir por la pequeña anilla para, así, llevarse la cinta. Al ser tan complicada la prueba los mozos agudizaron el ingenio y, según cuenta Mateo Valera, muchos ponían un alfiler en la punta del palo para pinchar la cinta, sustituyendo así perspicacia por maña. Algunos de los que corrían eran Miguel Jalmero, el hermano de la Anita de Mª Josefa y Jesús Cebrián (mi abuelo, del que conservo dos cintas).

El día 10 de Mayo, festividad de las Hijas de María, se iniciaba con la última novena a la Santísima Virgen y se dedicaba al baile. Tras pagar un real en la entrada, comenzaba una jornada de coqueteo que iba de las tres a las seis de la tarde y se reanudaba a las nueve y media tras un paseo por el Camino de Jorquera, con cuya clausura se daba fin a las fiestas.
Sirva este modesto trabajo como reconocimiento y homenaje a nuestros mayores, a la Pepa de la Romera, a Mateo Valera, a Ramona Cebrián, y a tantos otros que ya hace tiempo que nos abandonaron, como Saturnino, el Serrano, la Rojilla, Marigorda, la Chica Nares... A mis abuelos y a mis queridos mayores, porque en ellos reside la verdadera sabiduría.
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