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Fuentes y manantiales

Manuel García nos habla de los cuarenta y ocho nacimientos de nuestro término, cuyo murmullo se alcanzaba a oír desde los puntales

Si fuente, entre otras muchas definiciones lingüísticas es igual a manantial, al agua que brota del afloramiento de un manto acuífero, en Abengibre —según oí decir cuando era niño—, había cuarenta y ocho fuentes. Pero conforme a la tradición, el nombre genuino de fuente solamente lo venimos aplicando a cuatro de los veneros que nacen en nuestro municipio: fuente del Roble, de la Teja, del Pilar y del Barandao.

Fuente de los Huertos (Foto: Fondo fotográfico de Luis Escobar, propiedad de la JCCM)

La fuente del Roble

La primera se encuentra —porque aún permanece—, al principio de una de los dos declives o laderas que configuran barranco Romero, a la vista de la mina. A la sombra de robles corpulentos, romeros frondosos y pinos añejos hay un monolito breve, provisto de un tubo metálico por el que sale un chorro cristalino y permanente de agua fresca; alivio de excursionistas y de los escolares que van allí anualmente a celebrar el día de Jueves Lardero. El alegre murmullo de la fuente ahuyenta la soledad y el silencio opresivos del lugar.

La fuente de la Teja

La fuente de la Teja es frecuentada a menudo por galgueros y cazadores de escopeta y pachón. Se halla en los confines del término, límite con las hazas del que fuera Molar de los Tuertos y con pinares que se extendían en amplio círculo hacia la Casilla del Monte, Campoalbillo y Fuentealbilla, ahora suprimidos y substituidos por viñas y cereales. Por ser un paraje despoblado constituye el hábitat ideal de perdices, conejos y alimañas. Y en épocas que se remontan a los años del cáñamo, el sector era invadido por miríadas de grajas, que, ávidas de los cañamones recién sembrados en las tierras del Molar, se posaban en loca algarabía, cubriéndolas cual inmenso manto negro. Cuando levantaban el vuelo proyectaban en el suelo una sombra densa que se desplazaba con la masa, al interponerse ésta entre el sol y la tierra.

La fuente del Pilar

Las fuentes del Pilar y del Barandao, aunque en puntos opuestos del pueblo, brotan en la base de la plataforma rocosa sobre la que se fundamenta Abengibre. Dos manantiales que están ahí desde los lejanos tiempos del ruido, participando activamente en la vida cotidiana de nuestras gentes.

Fuente de los 6 chorros junto al lavadero

La primitiva fuente del Pilar estaba plácidamente instalada en una explanada donde convergen dos accesos descendentes: la cuesta de Nares, que bordea el Perchel, y la cuesta de la Fuente, que comunica con el centro del pueblo. La configuraban un agrupamiento de realizaciones que daban al lugar una perspectiva muy singular. La formaban un muro artificial, circular, construido en la base de una vertiente coronada por la meseta del Villar que se extiende hacia las huertas de Juansalvaora. En los primeros tres o cuatro metros del muro manaba el agua a través de seis caños de metal, sombreados por dos o tres espléndidas moreras, y terminaba en un lavadero público que se proyectaba hacia la fábrica de alcohol de Miguel Saluda, donde se inicia el camino de Bormate. En el centro de la plazoleta había un abrevadero o pilar —de ahí el nombre <<fuente del Pilar>>— circunferencial, destinado a dar agua a los numerosos animales de labranza y carga. El conjunto era armónico y la caída permanente del agua de los chorros precipitándose en una pileta longitudinal, derramaba en su entorno las notas sonoras de una melodía alegre que se escuchaba desde lejos en el silencio frío de las noches de invierno.

El lavadero

Así como a la fuente del Pilar sólo bajaban a por agua las vecinas del Perchel, del lavadero hacían uso todas las mujeres de Abengibre. El lavadero era el ocasional mentidero del pueblo, porque las mujeres, al tiempo que no descuidaban el lavado, comentaban la actualidad local, los asuntos cotidianos, la economía del momento, la salud precaria de algunos convecinos y los noviazgos ya consolidados o por consolidar.

El lavadero nuevo

Pero había un espectáculo digno de recordar con nostalgia por cuanto tenía de romántico, de animación y vida: la llegada al abrevadero, a mediodía y al oscurecer, de las mulas que regresaban de los trabajos agrícolas. Llegaban al pilar con poca diferencia de horario. Y era muy revelador que cuando estaban a la vista del agua, pese a que cansadas, aceleraban el paso, impulsadas por la sed que seguramente las atormentaba. Una vez saciadas, unas tomaban hacia las cuadras por la cuesta de Nares y otras subían por la de la Fuente. El recorrido de ambas, en sentido descendente y ascendente, también lo hacían al atardecer de los días festivos, cuando los mozos, vestidos con atuendos domingueros, abandonaban el baile de las Anicas durante algunos minutos para <<darles agua a las mulas.>>

Los tiempos actuales, dotados de novísimos artilugios agrícolas mecanizados, han enterrado hábitos y formas de vida ancestrales. Y la miopía refractaria de unas autoridades, antagonistas al parecer de todo lo que representaba en aquel momento historia, armonía y belleza, destruyeron un conjunto admirable y admirado por las generaciones que nos han precedido, pero no pudieron destruir un símbolo: el pilar, los chorros y el viejo lavadero, que pese a desaparecidos, están firmemente arraigados en la memoria y en el espíritu de los abengibreños.

La fuente del Barandao

La historia de Abengibre no dice, que yo sepa, si el acceso a la fuente del Barandao es obra de cíclopes o de seres humanos. Tal es la magnitud de la realización. La cuesta que se inicia en la bodega de Antolín o del propiamente llamado picayo se abre en tres ramales: el que bordea el corral de María Matilde y se dirige al actual emplazamiento del Centro Médico; el que da acceso a las hazas y huertas, y el que baja en zigzag hasta el manantial, con una verticalidad de pesadilla.

Antes de realizar la magna obra, la fuente era un manantial que brotaba en la mitad del peñasco. Sin duda, algún alcalde visionario, soñador de cosas humanamente posibles, tuvo el pensamiento de hacer accesible el nacimiento, y le dio forma.

Creo recordar que la bajada está formada por una línea quebrada en cuatro tramos. El último trayecto, el que llega a la fuente, por ser el más pronunciado dispone de escalones. La fuente tiene dos caños que manan incesantes el agua que cae a una pileta donde se depositan los cántaros y botijos para que se llenen. La pirámide de donde brota se profundizó algo más de un metro para permitir una necesaria plataforma. Naturalmente, el entrante en la roca produjo dos salientes laterales, los cuales están unidos por una sólida baranda de hierro (barandao) que protege del precipicio el ensanche. En la base del peñón hay una balsa grande que recoge el agua que se derrama de la fuente. La balsa, con la que se riega una buena parte de los huertos de los Olmos, está lindante a un tablar o huerta que creo que era propiedad de Porra. Pero la balsa tenía su lado negativo. Las gentes tenían la macabra costumbre de arrojar los perros y gatos de las camadas no deseadas, y otras inmundicias que desentonaban violenta y tristemente con el idílico y verde paisaje de huertos, olmos, álamos y maleza cuyo panorama se contempla desde el picayo.

Pero la fuente del Barandao desempeñaba una función distinta respecto de la del Pilar. Distinta porque el uso era privativo de las personas. Procedían de todas las casas y calles del pueblo, excepto de las que vivían cercanas a la fuente del Pilar. Durante las horas de la mañana registraba la fuente poca actividad, pero al atardecer de cada día, la cuesta era una constante de mujeres adultas y muchachas, tan fluida, que forzosamente tenían que hacer cola para llenar los recipientes.

Era la hora en que los mozos del pueblo, después que regresaban del campo, una vez aseados y cambiados de vestimenta, unos iban en busca de las novias a sus domicilios y otros, cuyo noviazgo o amistad eran recientes, salían al encuentro. En ambos casos las acompañaban, pero no hasta la fuente, sino que las esperaban en el picayo. No siendo el cántaro y el botijo peladillas ingrávidas, las muchachas —lo supongo sin temor a equivocarme—, llegarían agotadas una vez salvada la cuesta, frente a la bodega de Antolín. Pero lo tremendo, inaudito, insólito y reprobable es, que cuando los acompañantes se incorporaban al cortejo de las mozas eran incapaces, por principios machistas y desconsiderados, de prestarles la más pequeña ayuda, como podía ser llevar el cántaro entre ambos, que como todos sabemos es una vasija que dispone de dos asas. Los hombres se situaban, a su lado, claro, pero por una razón comprensible caminaban lentamente, sin prisa, retardando en lo posible la llegada a casa. Las jóvenes de entonces y de siglos anteriores soportaban esfuerzo, cansancio y dolor de cadera a cambio de palabras, miradas y sonrisas… Pero juzgada con la mirada crítica y civilizada de hoy, la conducta de los varones de entonces es incalificable. Las muchachas de aquellos tiempos sufrían en su dignidad las causas de unas costumbres seculares, felizmente fenecidas y por ende, irrepetibles.

Costumbres del recuerdo

Costumbres de las que sólo queda el recuerdo en la memoria de quienes las vivimos, porque ya nada es igual a entonces. La fuente del Barandao está ahí, donde siempre; eterna, inagotable, pero inmersa en una dolorosa soledad. Cuando se dotó de agua corriente al pueblo perdió su protagonismo de siglos. Algunas personas que residimos fuera de Abengibre, cuando regresamos en viajes esporádicos o a las fiestas patronales, le hacemos una visita, y en respetuoso homenaje y con suma reverencia <<nos echamos un trago>>, porque el agua de la fuente del Barandao tiene un sabor que se añora y jamás se olvida.

Las fuentes que alimentan el Danubio, el Nilo o el Orinoco, por poner un ejemplo, son más abundantes, forman ríos caudalosos y discurren por ahí en brazos de la inmortalidad y de la fama, pero nuestras humildes fuentes, liberadas del peso molesto de las vanidades, son felices en su modestia porque saben que tienen nuestro reconocimiento y gratitud.

Hoy nada es como ayer. Incluso las noches de ahora son menos rumorosas y la oscuridad, más densa. Pero en las noches de entonces, reino de serenidad y quietud, el sueño del silencio sólo era interrumpido por la voz de los grillos, por la musicalidad de las hojas de los árboles movidas por el viento, y por el ruido de las estrellas. Y por el murmullo de los cuarenta y ocho nacimientos de nuestro término, que se alcanzaba a  oír desde los puntales.

Autor: Manuel García Cuenca (Manolo el de Rodenas)
Publicado en el libro de las Fiestas de 2005

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